miércoles, 1 de enero de 2014

2014

Cuatro mil millones de seres en esta tierra
y mi imaginación sigue siendo la misma.
No se le dan bien los grandes números.
Le sigue conmoviendo lo individual.
Revolotea en la oscuridad como la luz de una linterna,
descubre sólo los rostros más cercanos;
mientras, el resto se pierde en un ciego descuido,
en el no-pensamiento, en el no-arrepentimiento.
Pero eso, ni el mismo Dante lo habría impedido.
Y qué se va a hacer si uno no lo es.
Y ni siquiera con todas las musas a mi lado.

Non omnis moriar, preocupación prematura,
Pero ¿vivo del todo?, ¿bastará con eso?
Nunca ha bastado, y ahora tanto menos.
Escojo rechazando, porque no hay otra forma,
pero lo que rechazo es más numeroso,
más denso, más insistente que nunca.
A costa de indescriptibles pérdidas, un pequeño poema, un suspiro.
A una llamada atronadora, respondo con un susurro.
Cuánto callo, no lo diré nunca.
Ratón a los pies de la montaña madre.
La vida dura unos cuantos rasguños en la arena.

Mis sueños... ni siquiera ellos están, como deberían estar, poblados.
Hay más soledad en ellos que muchedumbres y tumultos.
A veces se deja caer un instante alguien muerto hace tiempo.
Una mano sola mueve la manija.
Alrededor de la casa vacía crecen las dependencias del eco.
Desde el umbral voy bajando al valle
silencioso, aparentemente de nadie, anacrónico ya.

De dónde sale aún ese espacio en mí;
no lo sé.


Wislawa Szymborska, "El gran número"

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